sábado, 11 de junio de 2011

LAS MUJERES EN LA COLONIA, ESPAÑOLAS, INDIAS Y NEGRAS ESCLAVAS: Representaciones sociales y culturales en el Nuevo Reino de Granada durante la Colonia


La mujer peninsular y la criolla.
Durante la época de conquista, comenzó la migración de las españolas al nuevo mundo, siempre en cantidades muy inferiores a los hombres y aunque las disposiciones de la corona eran que la empresa de Conquista se sirviera de la familia y viajaran los hombres con sus esposas, era muy común que los viajes los realizaran mujeres solteras casi todas declaradas como de servicio, algunos autores mencionan que en gran parte las muchachas de servicio eran prostitutas y otras solo mujeres y jóvenes de clases bajas buscando elevar su estatus social.
Para 1560 la llegada de las mujeres era aproximadamente de 30 por cada 100 hombres y no varió mucho durante el tiempo de la colonia incluso disminuyo en el siglo XVII y XVIII cuando las criollas ya de generaciones siguientes ejercían todo el modelo familiar y conocían las costumbres heredadas tanto religiosas, sociales y culturales que contribuyeran a reproducir el orden y la mentalidad establecida.
La familia era la base de la sociedad colonial, una familia monogámica de índole mono nuclear en que la mujer era la base de la relaciones dentro de ella. La mujer salía del seno paterno, con su marido, se cuidaba de entregar una dota generoso que le facilitara la supervivencia y el marido debía respaldar la dote con una cantidad igual o superior, siempre buscando que en caso de enviudar no quedara desamparada, los hombres eran cuidadosos de mantener la dote y tener sus propios medios de subsistencia para su familia, incluso, algunos esposos entregaban otro 10 % del valor de la dote, este capital se llamaba arras. Fueron pocos los casos en los que el marido despilfarró la fortuna de su esposa.
El núcleo familiar era la base para establecer un tejido social durante la colonia, a través del cual se unían familias y se podía lograr un ascenso social y económico; es decir, si un padre tenía ocho hijas y las casaba con personas pudientes aseguraba una prole productiva y con un estatus social elevado.  De este modo, la mujer se convierte en un sujeto vinculante de la sociedad colonial como parte de un contrato entre familias. Se podía ascender socialmente a través de la institución del matrimonio además se aseguraba la protección de un hombre que velase y cuidara sus intereses y los de sus hijos.
La mujer de la época aunque estaba sometida primero a su padre y luego a su esposo tenía cierta clase de derechos civiles, como el divorcio, la dote e incluso, apoyada en la figura de su esposo, de  negociar propiedades y mercancías, es decir que la figura del esposo estaba presente en todo momento. El divorcio solo se podía solicitar si había adulterio consuetudinario y público, un maltrato fuerte y progresivo que atentara contra la vida de la mujer  o el abandono del hogar; sin embargo, no era sencillo y el escarnio público era muy doloroso, además el proceso era largo y debía aportar muchos testigos, razón por la cual  pocas mujeres se decidían por esta opción.
La sexualidad de la mujer y su cuerpo eran misteriosos y peligrosos. Desde la casa del padre se guardaba con recelo la castidad y en el hogar formado se procuraba la fidelidad. En la sociedad el hombre tenía una doble moral: restringía y vigilaba con ahínco a su esposa y en la calle tenia amoríos. Entre tanto, la mujer hallada infiel sufría el daño a la honra de ella y de su familia y en especial de su marido. Además de ser un campo tenebroso para el hombre, la mentalidad paternal mantenía la creencia de que la mujer, no solo era débil físicamente, sino que su carne era más presta a la tentación, por eso la vigilancia constante y la guardia primero sobre el himen y luego sobre el honor del lecho matrimonial.
Las labores que desarrollaba la mujer eran básicamente hogareñas: el tejido, la cocina el cuidado de los niños, las labores para el cuidado del alma de todos los miembros de la familia. En pocos casos se hallan mujeres trabajando en las encomienda cuando éstas son heredadas por la muerte del esposo. Más adelante, en el siglo XVII, se encuentra a la figura femenina sobre todo en negocios particulares como tiendas de víveres, costureras, administradoras de locales del cónyuge, vendedoras de mercado incluso maestras, dentro de los oficios los que tenían más respeto o aceptación social.
En conclusión las mujeres blancas contaban con cierto grado de seguridad y de estatus más elevado que las otras en la época, pero la represión era constante y las manifestaciones de rebelión llegaban como se verá más adelante, la mujer era oprimida vivía bajo la sombra del marido y para su servicio, estaba dedicada al hogar y a la crianza de la siguiente generación.
La mujer india.
La mujer india se enfrentaba a su doble condición: era india, era ese otro que no sabía lo que hacía, que había que enseñarle el camino y como un niño tomarle de la mano para que hallara la fe verdadera, y era mujer, ese ser misterio dado a las facilidades de la carne, a la tentación, otro niño sin guía que había que vigilar y cuidar porque fácilmente lleva a la perdición a los hombres.
Cuando los conquistadores iniciaron su empresa, la unión con las indias era muy común sobre todo indias de familias importantes dentro de la comunidad. De esta manera, el conquistador obtenía privilegios, intérpretes, servidumbre y quien le brindara sus favores sexuales. Esta situación no cambió durante la colonia, fue un asunto disfrazado, las indias seguían al servicio de los españoles, si se encontraban en las encomiendas y tenían sus familias establecidas debían participar de la economía familiar y dedicarse a labores agrícolas para conseguir el tributo.
La vida de las indias no era fácil, vivían bajo el yugo de sus maridos, que habían adquirido el orden social español a la fuerza y las formas internas de relacionarse les fueron impuestas, así que el machismo iniciaba su largo proceso desde el marido hasta los españoles que las veían como presas fáciles de sus deseos más profundos.
El trabajo y las labores fueron pesados, los maltratos constantes, la vida en el servicio estaba llena de improperios y desmanes. En lo que a la justicia respecta y como todo el modelo colonial el castigo depende del delito y de la procedencia del acusado,  eran las indias y las esclavas las que cargaban con las penas más rigurosas y ejemplarizantes.
La existencia de las indias en la colonia no fue sencilla estuvo caracterizada por maltratos continuos, desarraigos y esclavitud disfrazada de encomienda. Aunque son pocos los documentos que se tienen de ese otro ser doblemente diferente, pero tan atractivo para los españoles, podemos asegurar que fueron tiempos oscuros para los aborígenes y en especial para las mujeres.
La mujer esclava.
Se calcula que por cada 100 esclavos que llegaban a Las indias venían 30 mujeres, luego de ser arrancadas de su tierra, por otra tribu africana dominante y financiada por los portugueses, por el hombre blanco, llegaban para tomar el lugar de los aborígenes que se extinguían a un paso muy acelerado.
En tierra firme, las minas serían, para muchos de ellos, sus tumbas. Después de ser arrastrados por medio mundo a un lugar desconocido, después de un viaje tormentoso, hacinados, separados de sus familias, de su tierra, llegaban a servir, a trabajar como cocineras en las minas, en los sembradíos de caña, en las casas, en la calle como vendedoras ambulantes.
La vida de una mujer esclava se caracterizaba por largas horas de trabajo,  podía trabajar en diferentes oficios, como lo señala Castaño Zapata:
“La mujer negra esclava en la Nueva Granada trató por todos los medios de conseguir su libertad y la de su familia; realizó trabajos adicionales que le proporcionaban un jornal extra; dio y vendió su cuerpo; se ganó el respeto y cariño de su amo (a); procreó hijos con hombres libres para que éstos lo fueran; realizó negocios ilícitos como el contrabando y la estafa; y se volvió cimarrona, y formó palenque con otros grupos de negros esclavos fugitivos [1].

La idea de libertad y de liberar a sus hijos fue una premisa constante, además las representaciones de si, con las que lidiaba con el mundo material y lo convertía en un mundo sobrenatural o brujería. Una de las formas más importantes de resistencia esclava fue el sincretismo religioso y sus particulares creencias, ritos y conocimientos, hacían a la mujer negra la perfecta amiga del diablo.
La procreación se conseguía muy poco y al principio solo dejaba vástagos de esclavitud, el cuerpo de la negra y su sexualidad eran peligrosos, eran misteriosos y todas las representaciones de estos lo eran más peligrosas para el orden reinante.

Poco se sabe de la vida cotidiana de las mujeres esclavas: sus estructuras familiares eran diferentes y se unían más por lazos de sangre que por lazos conyugales. El modelo del que hablan algunos investigadores es el de una familia extensa con varios núcleos a diferencia la idea de familias distintas compuestas por un mismo hombre con varias esposas que se supone se trasplantó de las costumbres que traían de sus tierras.

Representaciones sociales y formas de resistencia.
Las mujeres en la colonia se caracterizaban por estar oprimidas y cualquier representación de libertad, independencia o de su sexualidad estaba negada, se asociaba con perversiones, incluso con la brujería.
La mujer encontró muchas formas de representarse a sí misma y a su género, claro que nunca lo hizo como un movimiento de unidad, con dicha finalidad, sino más bien con variaciones que iban en contra del orden establecido. En este texto nos referiremos en particular a dos formas de representación y resistencia, las relaciones de corte sentimental con los hombres y la brujería, que aunque no pertenecía solo a las mujeres fue una forma de resistencia, no solo para las esclavas, sino para todo el género.
Las relaciones sentimentales en especial las ilegales, la infidelidad y el trato ilícito con el sexo opuesto es un común denominador que permeaba todos los niveles de la sociedad. El hombre le teme a la mujer como ese otro diferente y lleno de sensualidad y belleza que tiene la capacidad de hacerle perder el control. Es una relación contradictoria: necesita de la figura femenina en todos los niveles, la subordina, pero la anhela, la desea. Las mujeres de todas las castas tenían amoríos con hombres de todas las castas por diferentes razones; algunas, para lograr sus ambiciosos proyectos, o por lujuria, deseo o un enamoramiento, otras se entregaban para lograr el favor del encomendero o el del amo. La sexualidad era un arma ventajosa de la cual podía hacer uso en cualquier momento. Hay casos muy bien dibujados en El Carnero de Rodríguez Freile en que las mujeres ejercen un poder casi diabólico sobre el hombre y toda representación de este lleva a la perdición. Son muchos los casos en que el deseo y el amor, terminan en tragedia, hay especial énfasis en la obra en la comparación de la mujer con Eva la primera mujer del génesis, quien tienta al hombre con la manzana y provoca su caída y de todas las generaciones por venir.
Incluso las mujeres esclavas se entregaban a sus amos para que las quisieran, les dieran un mejor trato o en algún momento les brindaran la libertad; no solo les otorgaba la oportunidad de mejorar su condición de vida, sino que les significaba mayor protección y la oportunidad de tener hijos mestizos que nacieran libres.
La mujer se resistía al hombre y a ese mundo dominado por ellos por medio de la representación de su sensualidad y de su sexualidad, como un ser capaz de dominar aunque fuera por un instante ese ser que no la reconocía como igual pero que en el lecho se tenía que sublevar y muchas veces perder.
Otra forma de resistencia fue la brujería la hechicería y cualquier forma de buscar y hallar ese mundo metafísico en que pudieran alcanzar el poder que les era negado en el mundo material. Los rituales y los aquelarres no solo se realizaban en los arcabucos, sino en las casas de mujeres blancas que buscaban básicamente los mismos fines que las negras o las indias: encontrar en lo sobrenatural una respuesta a la opresión.
La brujería en la colonia se presentó como un fenómeno de sincretismo, de la religión católica, las prácticas paganas y las costumbres animistas africanas e indígenas, conocimientos milenarios de herbolaria unidos a cantos rezos y ceremonias, representaciones de la necesidad de la mujer por trascender a un plano diferente, donde pudiera controlar los deseos del corazón de los hombres, la ira, la envidia y todos esos sentimientos reprimidos y encontrados.
La mayoría de los hechizos y brebajes estaban orientados al buen querer o al mal de amores, a saber si su marido le era fiel o no, miedos al rechazo, a la ignorancia al maltrato o al abandono por parte de ese otro que no la reconocía, que la ignoraba y la convertía solo en una extensión de sí mismo.
Durante la colonia, incluso con la Inquisición, no fue posible reprimir todas las creencias, rituales, rezos y preparaciones. La mujer se sentía atrapada y buscaba fuera de normativa de la iglesia que la representaba como una virgen esperando el llamado del hombre o el llamado de Dios, o la convertía en madre abnegada, entregada al hogar y a sus quehaceres, le negaba cualquier indicio de identidad y su sexualidad, su cuerpo desaparecía. En cambio la bujería era cuerpo, era sensual, era deseo implícito y explicito.
Para las negras no solo era una representación de sí frente al otro, así fuera clandestino, era la búsqueda de sus raíces perdidas, de sus conocimientos, de sus creencias, incluso mezcladas y a veces irreconocibles; muchas de las bases permanecían, la relación con la naturaleza, el animismo, y la recitación que busca regresar al origen el mito y transmitir de forma oral el conocimiento. Era su forma de expresar su diferencia su particularidad, y de pensar que podía hacer que la situación extrema cambiara aunque fuese un poco. Podemos hacer un paralelo con la mujer que trabaja incansable para comprar su libertad, la bruja busca no solo su libertad sino un poco de poder de igualdad.
Para concluir la mujer fue parte fundamental en el tejido social y en la estructura económica que estableció el sistema colonial en el Nuevo Reino de Granada. Se le negó su identidad en todos los niveles de poder y siempre al implantarse un sistema patriarcal estaba debajo del hombre, en medio de tantas dificultades, ese otra diferente misterioso, con grandes conocimientos, una sensualidad y sexualidad perdida, encuentra las formas para representarse a sí misma, para enfrentarse de manera clandestina al régimen establecido y existir a través de su cuerpo y de sus prácticas.

Bibliografía
Abello, Ignacio. “Las brujas y la Inquisición”, en: Velásquez Toro, Magdala (Directora académica). Las mujeres en la historia de Colombia. Santafé de Bogotá, Editorial Norma, 1995, tomo II, p.147.
Arango, Mónica Espinosa y S. de Friedemahn, Nina. “Las mujeres negras en la historia de Colombia”, en: Velásquez Toro, Magdala (Directora académica). Las mujeres en la historia de Colombia. Santafé de Bogotá, Editorial Norma, 1995, tomo II, p.32.

Bidegaín, Ana María. “Control sexual y catolicismo”, en: Velásquez Toro, Magdala (Directora académica). Las mujeres en la historia de Colombia. Santafé de Bogotá, Editorial Norma, 1995, tomo II, p.120.

Castaño Zapata, Beatriz Elena. "La mujer negra esclava en el siglo XVI: papel y participación en el proceso económico neogranadino", ponencia presentada en el  Congreso de Historia de Colombia, Ibagué, noviembre 24-27 de 1987.
Federici, Silvia. Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación primitiva. Automedia. Sl, 2004.
Jimeno, Myriam. “Las mujeres indígenas: antagonismos y complementos”, en: Velásquez Toro, Magdala (Directora académica). Las mujeres en la historia de Colombia. Santafé de Bogotá, Editorial Norma, 1995, tomo II, p. 11.

Patino Millán, Beatriz. “Las mujeres y el crimen en la época colonial”, en: Velásquez Toro, Magdala (Directora académica). Las mujeres en la historia de Colombia. Santafé de Bogotá, Editorial Norma, 1995, tomo II, p. 77.





[1] Beatriz Elena Castaño Zapata, "La mujer negra esclava en el siglo xvi: papel y participación en el proceso económico neogranadino", ponencia presentada en el VI Congreso de Historia de Colombia, Ibagué, noviembre 24-27 de 1987.

Por: Alexander Naranjo junio 2011

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